Algunas veces pienso en todo lo que hemos hecho, en lo que
me has convertido y en lo mucho que te extraño.
Nunca te has preocupado por decepcionarme, ¿Es esa a acaso
la clave que tienes para siempre saber como impresionarme?
O simplemente es que tu mente va en sentido contrario,
algunas veces ya no sé si lo que vivimos es un sueño o nuestra intima realidad.
Los interminables imágenes de nuestro pasado regresan a cada
segundo acompañadas de las risas y de las caricias que me dedicas, de tu mirada
llena de pasión y de adrenalina. Nunca olvidaré como se sienten tus manos
paseando por mi piel, despertando mis pasiones y mis deseos.
La primera vez que nos vimos fue instantáneo, una simple
mirada y ya era demasiado tarde, no pudimos separarnos, la complicidad ya era
parte de nosotros.
Las miradas divertidas nos causaban una risa sin sonido, una
risa interna que no encontraría su fin desde ese momento, quien diría que
nuestros caminos estarían más juntos que muchos otros.
Esa noche la marea del mar estaba menos inquieta que tú o
que yo, que sin conocernos nos reíamos como si fuera ya costumbre entre
nosotros, nuestras manos se sujetaban como por instinto propio, no parecíamos
unos desconocidos, tal vez en otra vida ya habíamos sido un nosotros.
Las olas del mar hacían eco a tu voz, las primeras palabras
que oí de tus labios fueron el golpe final de mi perdición, mis amapolas no
paraban de sonreír y de reír, era tarde pero a pesar de eso no importaba la
hora, éramos demasiado jóvenes, aunque también eso lo dejamos de lado.
Pusimos nuestras almas, corazones y sentimientos abiertos en
plenitud en esos momentos, donde la brisa de la noche revolvía mis cabellos y
hacía que los tuyos ocultaran tus ojos, motivo más para hacer salir esa sonrisa
tuya que tanto me vuelve loca.
Luego de varios relatos e historias, tomaste mis manos entre
las tuyas, ya sabía lo que pasaría y di un paso adelante para llegar más
rápido, solo fue un momento de duda que se perdió cuando me miré en tus ojos,
las puntas de mis pies se hundieron en la arena húmeda, pero no fue impedimento
para alcanzarte los labios, dichosas amapolas que sentían tu calido aliento.
Mis manos se perdían en tus cabellos, pesados y salados como
el mar que nos cataba serenata, el rojo de mis labios se apoderaba de los
tuyos, no cabía duda de que rojo sería
el color favorito de nosotros.
No hay comentarios:
Publicar un comentario