martes, 19 de junio de 2012

Rojo Francés


Algunas veces pienso en todo lo que hemos hecho, en lo que me has convertido y en lo mucho que te extraño.

Nunca te has preocupado por decepcionarme, ¿Es esa a acaso la clave que tienes para siempre saber como impresionarme?

O simplemente es que tu mente va en sentido contrario, algunas veces ya no sé si lo que vivimos es un sueño o nuestra intima realidad.

Los interminables imágenes de nuestro pasado regresan a cada segundo acompañadas de las risas y de las caricias que me dedicas, de tu mirada llena de pasión y de adrenalina. Nunca olvidaré como se sienten tus manos paseando por mi piel, despertando mis pasiones y mis deseos.

La primera vez que nos vimos fue instantáneo, una simple mirada y ya era demasiado tarde, no pudimos separarnos, la complicidad ya era parte de nosotros.

Las miradas divertidas nos causaban una risa sin sonido, una risa interna que no encontraría su fin desde ese momento, quien diría que nuestros caminos estarían más juntos que muchos otros.

Esa noche la marea del mar estaba menos inquieta que tú o que yo, que sin conocernos nos reíamos como si fuera ya costumbre entre nosotros, nuestras manos se sujetaban como por instinto propio, no parecíamos unos desconocidos, tal vez en otra vida ya habíamos sido un nosotros.

Las olas del mar hacían eco a tu voz, las primeras palabras que oí de tus labios fueron el golpe final de mi perdición, mis amapolas no paraban de sonreír y de reír, era tarde pero a pesar de eso no importaba la hora, éramos demasiado jóvenes, aunque también eso lo dejamos de lado.

Pusimos nuestras almas, corazones y sentimientos abiertos en plenitud en esos momentos, donde la brisa de la noche revolvía mis cabellos y hacía que los tuyos ocultaran tus ojos, motivo más para hacer salir esa sonrisa tuya que tanto me vuelve loca.

Luego de varios relatos e historias, tomaste mis manos entre las tuyas, ya sabía lo que pasaría y di un paso adelante para llegar más rápido, solo fue un momento de duda que se perdió cuando me miré en tus ojos, las puntas de mis pies se hundieron en la arena húmeda, pero no fue impedimento para alcanzarte los labios, dichosas amapolas que sentían tu calido aliento.

Mis manos se perdían en tus cabellos, pesados y salados como el mar que nos cataba serenata, el rojo de mis labios se apoderaba de los tuyos, no cabía duda de que  rojo sería el color favorito de nosotros. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario